lunes, 1 de junio de 2009

UN DÍA DE BODA

Fernando Orcástegui
(Publicado en El Porche nº 10, Mayo 2009)

El mes de mayo pone a prueba la capacidad organizativa de los párrocos y sus consejos para coordinar la avalancha de comuniones, bautizos, confirmaciones y bodas que hay que acomodar con sus correspondientes fechas a gusto de todos, sus cursillos pre…, las últimas catequesis, las confesiones previas, los arreglos florales dignos pero sin excesos, el ir y venir de fotógrafos y “videocamarógrafos”, los trajes, el reparto de bancos y hasta la limpieza del arroz del porche de la iglesia.

Menudo estrés. El mismo ajetreo debió de llevar el maestresala o mayordomo de aquella boda que se celebró en Caná y a la que fueron invitados Jesús y sus discípulos. Y, encima, al pobre se le pasó hacer acopio de unas cuantas tinajas más de vino, y, si no hubiera sido por la cabezonería de María que forzó la intervención de Jesús, seguramente nadie más lo habría contratado para preparar un evento de esas características.

Porque… en ese relato se habla de una boda, ¿no? Y de vino, de tinajas y hasta de un mayordomo… Pues, como siempre, sí y no. Se trata de un texto que hemos leído y oído tantas veces que los cristianos hemos perdido la capacidad de sorprendernos ante él, y sin sorpresa no hay posibilidad de desentrañar la enorme riqueza de su significado. El relato está lleno de detalles simbólicos y de referencias al Antiguo Testamento que lo convierten en una verdadera presentación y resumen de lo que va a ser la actividad de Jesús. No en vano se encuentra al principio del Evangelio de Juan.

El capítulo 2 de este evangelio comienza situando el relato en el tiempo y presentando el tema del que va a hablar: “Al tercer día hubo un boda en Caná de Galilea”. ¿Al tercer día de qué? En primer lugar, hay que caer en la cuenta de que la referencia al tercer día es una alusión pascual y nos pone en la pista de que no va a hablar de un episodio de la vida histórica de Jesús, sino de una realidad que hace referencia a Jesús resucitado. Además, si nos fijamos en las perícopas anteriores, descubrimos que los tres episodios previos a la boda comienzan diciendo “un día”, “al día siguiente” y otra vez “al día siguiente”… Luego nuestro tercer día es en realidad el día sexto desde que comenzó el evangelio, y para un judío el día sexto no podía ser otro que el día de la creación del hombre y la mujer en el relato del Génesis. Prácticamente hasta llegar al episodio de la resurrección, cuando se habla del primer día de la semana, no volverá a hacerse en el evangelio otra anotación de este tipo. Dicho de otro modo, todo el evangelio transcurre durante el sexto día ya que lo que se va a narrar es la creación del hombre nuevo en la persona de Jesús.

“Hubo una boda en Caná de Galilea”. Para presentar el tema, el evangelista escoge una de las imágenes más potentes de la tradición bíblica. Tanto en el Cantar de los Cantares como en la literatura profética, la boda simbolizaba la alianza entre Dios y su pueblo. Por si no hubiera quedado claro, sitúa la escena en Caná, del verbo hebreo “qanah” (adquirir, comprar), en referencia al pueblo de la alianza, el pueblo adquirido por Dios.

Al hacer diferencia entre la madre de Jesús (“estaba allí”) y Jesús y sus discípulos (“fue invitado Jesús, así como sus discípulos”) se muestra el carácter de la alianza en la que se sitúa la escena. La madre, que es el origen de Jesús, sus raíces, pertenece a la boda, es decir, a la antigua alianza; mientras que Jesús y sus discípulos entran como invitados, no pertenecen a ella.

Y resulta que en esta boda falta el vino. El vino es símbolo del amor entre los esposos ya desde el Cantar de los Cantares (“son mejores que el vino tus amores”), por tanto en esta boda falta lo más importante para que realmente se celebre el matrimonio. Entonces, ¿qué une a los novios?, ¿el interés?, ¿la costumbre? Si la boda es expresión de la alianza, ¿cuál es el vínculo que se establece entre Dios y el pueblo? El evangelista desenmascara el gran problema de la antigua alianza: un vínculo de amor se ha convertido en una relación mercantilista en la que el cumplimiento de unos rituales pretende arrancar el favor de Dios.

La madre de Jesús, representante del Israel que ha mantenido la fidelidad a la alianza, expone a Jesús lo inaceptable de la situación (“no tienen vino”), al tiempo que reconoce en él la esperanza de cambio (“haced lo que él os diga”). La displicente respuesta de Jesús (“¿qué nos importa a ti y a mí?”) es una forma de indicar que la antigua alianza ha caducado y que Jesús representa una novedad radical. La madre no expone el problema al maestresala, sino a Jesús, e invita a los sirvientes a seguir sus indicaciones. Es decir, la solución no vendrá de las autoridades de la alianza (sumos sacerdotes, escribas, etc.), sino de los sirvientes, los seguidores de Jesús que ponen manos a la obra para colaborar con él.

La escena está dominada por unas tinajas. Se precisa su número (seis), el material del que están hechas (piedra), su capacidad (unos cien litros) y su objetivo (la purificación). Las tinajas son una representación plástica de la ley. Seis es el número de lo incompleto (por oposición a siete que es el número de la plenitud), además del número de los libros de la ley (el Pentateuco más Josué); la piedra evoca claramente las tablas de la ley del Sinaí; su gran capacidad nos transmite la idea de su gran peso y su carácter inamovible; la finalidad de las tinajas nos habla de la purificación, un concepto básico en la ley judía, según la cual la relación con Dios estaba regulada por una serie de ritos y era tan frágil que era necesaria una continua purificación para remediar la obsesión por la impureza. Pero caigamos en la cuenta de que las tinajas están vacías, no tienen agua; es decir, el aparatoso ritual en realidad está vacío, no puede cumplir su objetivo de acercar a Dios.

O sea, el gran problema de la antigua alianza, del sistema religioso imperante, la razón de por qué falta el amor en la boda es que éste ha sido sustituido por una ley pesada y opresiva que somete al pueblo a través de una conciencia constante de pecado y la necesidad de cumplir una serie de ritos prescritos y controlados por los dirigentes religiosos y que, en el fondo, son ineficaces porque son incapaces de generar un vínculo auténtico entre Dios y el pueblo.

Y es entonces, en medio de esa lamentable situación, cuando Jesús actúa (“llenad las tinajas de agua”) mostrando a todos el resultado de su obra, el sentido de la nueva alianza que él anuncia. Seguramente hemos imaginado muchas veces la escena: unas tinajas llenas hasta arriba de agua y de repente rebosantes de vino… Pero eso no es lo que el texto dice. Claramente se nos hace notar que las tinajas nunca van a contener vino y que el agua se convierte en vino fuera de ellas (“sacad ahora y llevadle al maestresala”). Y es lógico que así sea, ya que el vino, el amor de la nueva alianza es incompatible con el legalismo de la antigua. El vino de la alegría, de la relación libre, directa y personal entre el hombre y Dios, viene a sustituir a los ritos y a la necesidad de intermediarios. La ley del amor, escrita en el corazón y que transforma al hombre desde dentro, sustituye a un código exterior impuesto por la clase dirigente.

Cuando los servidores llevan el agua convertida en vino al maestresala (los dirigentes de la alianza), éstos no pueden aceptar su calidad y siguen insistiendo en la superioridad de lo antiguo sobre la novedad de Jesús (“todo el mundo sirve primero el vino de calidad, y cuando la gente está bebida, el peor”). Los dirigentes no pueden reconocer que su sistema de poder necesite una mejora, anticipando así su rechazo violento a la persona de Jesús.

El final del relato (“manifestó su gloria y sus discípulos le dieron su adhesión”) muestra la importancia de lo que se ha narrado. La referencia a la manifestación de la “gloria” recuerda al episodio de la instauración de la alianza del Sinaí (“la gloria del Señor descansaba sobre el monte”) y refleja que se está hablando aquí de la promulgación de la nueva alianza. Los discípulos no dan su adhesión a la persona de Jesús porque ha hecho un truco magnífico o porque está dotado de una magia prodigiosa; los discípulos le prestan su adhesión porque les ha mostrado un nuevo camino para relacionarse con Dios, un camino que se manifiesta en amor, liberación y una nueva vida para el hombre como resultado de un contacto directo con la persona de Jesús.

Esto sí merece la pena. Esta primera señal de Jesús, según el evangelio de Juan, pretendía algo más que sacar del apuro a una pareja de amigos para que pudieran seguir celebrando su boda sin más sobresaltos. Dios nos comunica su amor gratuitamente en Jesús, emborrachémonos con él.

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